jueves, 13 de mayo de 2010

"Seguir un buzón", de Virginia Aguilar Bautista.


La cita es extensa, pero inevitable: «Cada época tiene sus neurosis y cada tiempo necesita su psicoterapia. En realidad, hoy no nos enfrentamos ya, como en los tiempos de Freud, con una frustración sexual, sino con una frustración existencial. El paciente típico de nuestros días no sufre tanto,como en los tiempos de Adler, bajo un complejo de inferioridad, sino bajo un abismal complejo de falta de sentido, acompañado de un sentimiento de vacío, razón por la que me inclino a hablar de un vacío existencial» (Viktor Frankl, Ante el vacío existencial (Hacia una humanización de la psicoterapia), trad. de Marciano Villanueva, Herder, Barcelona, 2008, pág. 9).

Quizás la sociedad líquida —que acuñó y describió con tanto acierto Zygmunt Bauman— junto con una pretendida sociedad del bienestar que cubre necesidades primarias y secundarias solo en lo material hayan facilitado el nacimiento de una nueva especie: homo indolens, sin instintos, sin tradiciones (como afirma Frankl), desnaturalizado en una sociedad excesivamente efímera en su camino a ninguna parte, no queda más que cierto instinto de supervivencia consciente en un entorno superficial.

De este estado de la cuestión da buena cuenta el último Premio de Poesía Andalucía Joven, del año 2009, Seguir un buzón, de Virginia Aguilar Bautista. Breviario del nihilismo combatido con la revisión de lo pactado, el libro se compone de dos partes (33 y 22 poemas respectivamente) y una «Coda. Siete postales. Tankas». El primer poema, que da título al libro, podría funcionar como declaración de intenciones y motivaciones: vigilar un buzon abandonado, «custodiando una ausencia»; y, ante ello, se plantea otra opcion: «O escribir». Y así comienza un diario personal, íntimo porque no rehúye en modo alguno de lo cotidiano como eje central de la creación: es la intrahistoria lo que interesa, y en ella la reflexión que surge. Siempre a través de la anécdota: cualquier reflexión central se contrabalancea, en la estructura del poema, con el recurso a un hecho nunca estéril: una vez formulada esta anécdota, será el cierre del poema piedra lanzada al lago; a partir del golpe surgen ondas de interpretación; mirada poética que reconstruye y eleva lo nimio, vindicando nuevas formas de significación. Será en la intimidad de lo pequeño, donde se defienda la necesidad de «otra lectura»: superposición de nuevas etiquetas, protocolos exegéticos que muestran otra realidad de mayor sabiduría y coherencia: «La miopía pretende / suavizar realidades. / (Les pasa un gran cedazo / en el que quedan, sueltas, / líneas que delimintan / la frontera que existe / entre seres y estares)» (Miopía, pág. 52).

Porque hay algo de derrota ante los días, un lastre que arrincona la alegría, que a veces impulsa a particulares soluciones; así en Herencia la delicada propuesta para integrarse en «un catálogo breve / de discretos suicidios» familiares se expresa con esteticismo mortuorio: «Se lanzó al internior / de la eterna “o” de invierno. / (No se enteró de nada)» (pág. 20) La exhibición del dolor y el fracaso (espléndida formulación la de Derrota) queda libre del patetismo y el lamento desgarrador impostado: «Muy pocas cosas / hacen más compañía / que un dolor leve» (pág. 22). Casi terapéutico el discurso, donde, sin embargo, se aferra a los miedos usuales y rutinarios, como si incluso en el sufrimiento tuviéramos que estar socialmente integrados en el gregarismo: «En terapia confieso, / por temor, / sólo aquellos sé / que ya tienen un nombre» (Trampas, pág. 24).

Mundo urbano que modifica el romanticismo literario para lanzarnos a la era del caos en pos de la avanzada era tecnológica (como en Ordenanza para niñas desordenadas, pág. 43, donde reinventa a Alicia en un nuevo país con maravillas en construcción). Pequeñas dosis de humor suponen la herramienta más adecuada para desmontar la realidad: el amor que rebaja sus pretensiones (Centralita) o la presencia mortuoria de un insecto (El intruso).

Por encima de la variedad de situaciones en las que el discurso poético se afila, el hilo conductor en este poemario sigue siendo el vacío, que de manera más o menos manifiesta articula un discuso, arteria principal: «En mi buzón / no hay cartas manuscritas / que responder» (pág. 70).

La última parte del libro, pequeñas postales en forma de tankas, se abre con una cita explícita de la ruptura tan anunciada, nube que altera el cielo: «Qué miran ociosos. / No soy el primero / ni el último que salta / desde un séptimo piso» (Nicanor Parra, Artefactos) Breves punzadas donde la emoción adquiere mayor transparencia, estos tankas: la práctica del detalle apariencial que dibuja y trasciende los límites sin dejar de abandonar lo inútil, y la búsqueda del sueño, pequeño paraíso de descanso.

Más allá de la descripción temática, abordar este libro supone aplaudir la victoria del ingenio escriturario de Virginia Aguilar Bautista. Partir de la anécdota trivial, situarse en un desencanto manifiesto sin que el resultado sea una autobiografía adolescente no parece tarea fácil. La autora conjura y evita estos peligros, en su pequeña ilíada hacia el vacío a través de una ingenuidad que no es tal, más bien inteligencia que evita saber de las grietas de los días, simplificando y filtrando una autocompasión que en ningún caso deja de ser más que la afirmación objetiva del entorno. Dos elementos son clave para conseguir este logro: el uso continuo de la delicada ironía, elegante, sofisticada en un poema de recatado pudor en su exhibición, por un lado; por otro, su recurrencia a la expresión justa: pequeñas revelaciones, que se adaptan con especial acierto a formas como el haiku o el tanka. Más allá de la revelación mágica, es un prisma poético el que superpone la autora a la realidad, yerma y unívoca, por su parte. Porque, al fin y al cabo, seguir a un buzón no es más que confiar en que haya alguien que (nos) escriba, y en el vacío de la no correspondencia se construye nuestro ser, quizás tortuado, pero dispuesto ya a minimizar tragedias. Un dolor leve, como propone la autora, que no deja de ser otra forma de estar vivo en compañía.

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